Delirios y Grandezas


viernes, 06 de enero de 2006

Añoro las conversaciones de antaño

Por da-rira a las 21:35 | cuentacuentos
Estaba yo tumbado en la cama de mi habitación, a oscuras y ni boca arriba ni boca abajo, ladeado, como la mujer del titanic cuando estaba posando para el que la pintaba. Estaba haciendo una melodía pero sin abrir la boca, haciendo vibrar la gartanta, y estaba quedando bien bonita!

Cuando ya le estaba dando un final a la melodía, oí ruidos, sonidos, como si hubiera gente hablando. Imaginé entonces que los ancianos, junto con los jóvenes y los no tan jóvenes (los adultos) habían comenzado a conversar alrededor de una espléndida y calurosa hoguera. Aquel ambiente me encantaba sólo de imaginarlo, me encantaba la hoguera, me encantaba el sonido que hacía la leña al partirse, y las chispitas que saltaban hacia arriba pero que no volvían a bajar; me encantaba el débil claroscuro que proporcionaban las llamas, y el baile de sombras que se producían en los rostros de aquellos maravillosos seres y maravillosas personas, todos buenos hermanos que se amaban entre sí y procuraban disfrutar del milagro de la vida -nada más ni nada menos, tan sólo amar y disfrutar. Me encantaba todo eso, y estaba deseoso por ir al círculo a sentarme y conversar con los demás. Seguro que los ancianos nos deleitaban con sus cuentos y maravillosas historias, al mismo tiempo que nos enseñaban; y seguro que los adultos permanecían en silencio, admirando la sabiduría de los ancianos y contemplando con gracia la inexperiencia y las ganas de vivir de los jóvenes; seguro que los jóvenes no paraban de preguntar acerca de dudas y consejos a adultos y ancianos.

Pintura1


Estaba ansioso, así que dejé mi melodía sin terminar, salté de la cama, y salí corriendo hacia el círculo, a sentarme con aquellas maravillosas personas y seres. Pero cuando llegué, la realidad era bien distinta, y la felicidad y el amor que yo imaginaba fueron sustituidos por rostros amargos y de rareza. No me encontré a sabios ancianos, ni astutos adultos, ni a jóvenes frescos, ni tampoco una hoguera y un cielo preciosos. Lo único que encontré fue dos callados adultos aburridos de la vida, que contemplaban una máquina en la que salían personas de todas clases que no paraban de hablar, sin belleza, de cosas sin belleza (era como si balbucearan todo el rato). Tampoco había preciosas hogueras ni troncos como asientos, si no puntiagudos palos feos de madera y de metal, y un fuego domesticado y controlado por la electricidad que ni de lejos se parecía al hermoso fuego salvaje que yo imaginé.

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